viernes, 31 de julio de 2026

Ataúdes con campana.

 

Ataúd de seguridad Taberger.

En los siglos XVIII y XIX el miedo a ser enterrado vivo dio lugar a algunos ataúdes de lo más peculiares.

Por lo general, la muerte es algo que no nos apetece en exceso y en lo se procura no pensar. Sin embargo hay algo que puede resultar todavía más inquietante que la muerte: que alguien crea que estás muerto y te entierre vivo. La tafafobia es el miedo irracional a ser enterrado vivo, y aunque en la actualidad -con las técnicas médicas actuales y la normativa que obliga a esperar 24 horas tras declarar la muerte para enterrar-, es muy complicado que tal cosa ocurra. Sin embargo, hubo una época en la que podía ocurrir.

https://pulsomatancero.wordpress.com/2020/10/01/campanas-fuera-de-las-tumbasuna-historia-que-perturba-a-cualquiera/

Este miedo tuvo especial virulencia en el siglo XVIII y XIX, cuando varias epidemias de cólera azotaron Europa. Pero también cruzó el Atlántico: el primer presidente de EEUU, George Washington, pidió, cuando estaba cerca de morir en 1799, que se esperase durante al menos tres días tras su muerte antes de que se le enterrase.

Este miedo se puede ver reflejado en la literatura de la época, como El entierro prematuro, de Edgar Alan Poe, que también incluye esta temática en otros relatos como La caída de la Casa Usher o El barril de Amontillado.

Estos cuentos de Poe pudieron estar inspirados en la historia -de nuevo, no confirmada- de Anne Hill Carter Lee. Más conocida por ser la madre del general Robert E. Lee, el comandante de las fuerzas confederadas en la Guerra Civil Americana, y la mujer del gobernador de Virginia, Harry Caballo ligero Lee. Según se cuenta, sufría narcolepsia y en ocasiones caía en un profundo sueño. En 1804 habría caído en este estado, se le habría dado por muerta y fue enterrada en la cripta familiar. Por suerte para ella, una persona habría acudido a llevarle flores, oyendo gritos y golpes viniendo de su tumba, situación ante la cual se abrió el ataúd para encontrarla viva y un tanto confusa. No sería hasta 1829 que volvería a ser enterrada, esta vez de forma definitiva.

Ataúdes con alarma  https://www.lasprovincias.es/sociedad/catalepsia-pesadilla-enterrado-20180111010356-ntvo.html
Ataúdes con alarma 

En el siglo XVIII aparecieron los primeros ataúdes de seguridad. El pastor Robert Robinson murió en 1791 e hizo instalar un panel de cristal en su ataúd y su mausoleo debía ser visitado regularmente para comprobar que no había señales de respiración en el vidrio. El duque Fernando de Brunswick, mariscal de campo prusiano, murió un año después e hizo que se le enterrase con un cristal que permitiese la entrada de luz y un tubo que hiciera circular el aire. Además, se le enterró con dos llaves: una para abrir la caja y otra para salir de la cripta. No le hicieron falta.

Entra en escena Adolf Gutsmuth, quien hizo realidad una idea loca de P.G. Pessler, un sacerdote alemán que propuso imitar el sistema de las campanas de una iglesias para que los muertos que resultasen estar vivos pudieran dar señales al exterior. Gutsmuth añadió un toque personal: un tubo que permitía suministrar alimentos al ataúd. Fue enterrado varias veces para demostrar la eficacia de su invento, incluso llegando a cenar bajo tierra.

Corre la leyenda urbana de que la expresión "salvado por la campana" viene de estos ataúdes y de la gente que se salvaba gracias a ellos. Se trata de un mito muy extendido, porque lo cierto es que no es así. La expresión proviene, en realidad, del boxeo y de la campana que indica el final de cada asalto. Cuando un boxeador estaba recibiendo una tunda y el final del asalto le libraba de caer por KO, se decía que había sido salvado por la campana. 

Información Javier Elio.


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